En The Moon’s a Balloon, David Niven invita al lector a sumergirse en una vida que parece más una novela de aventuras que una autobiografía común. Nacido en 1910 en el seno de la clase alta británica, los primeros años de Niven se vieron empañados por el caos de la Gran Guerra. La muerte de su padre en la batalla de Suvla Bay dejó un vacío que su padrastro, Thomas Comyn-Platt (o el "tío Tommy"), nunca supo llenar. Niven retrata una infancia marcada por la inestabilidad económica y un ambiente familiar frío, lo que quizás explica su búsqueda incansable de risas y afecto durante el resto de su vida.
Su etapa escolar fue un vaivén de rebeldía y resiliencia. Desde los maestros sádicos de su primer internado hasta su expulsión de una prestigiosa escuela preparatoria por una broma pesada con excremento de perro, Niven encarnaba al perfecto "chico problema". Sin embargo, fue en esos años de formación donde desarrolló su instinto de supervivencia y un humor agudo y autocrítico. Ya fuera aprendiendo a robar tiendas con una pandilla de delincuentes o recibiendo la bondad paternal de un director en la escuela de Stowe, la juventud de Niven fue un curso intensivo sobre cómo manejarse entre las complejidades de la naturaleza humana y las jerarquías sociales.
El relato continúa con su paso por la academia militar de Sandhurst y una etapa pintoresca, aunque frustrante, en el ejército británico. La transformación de Niven, de un oficial aburrido en Malta a un inmigrante sin un centavo en Nueva York, para terminar convertido en un ícono de Hollywood, es prueba de su audacia pura. El autor nos lleva por la "Época de Oro" del cine, compartiendo pantalla y noches de fiesta con leyendas como Errol Flynn, Humphrey Bogart y Samuel Goldwyn. Es una historia de éxitos increíbles, como ganar un Óscar, y de golpes devastadores, como la trágica pérdida de su primera esposa.
Al final, las memorias de Niven no tratan tanto sobre los engranajes de la fama, sino sobre la "hermosa broma" que es la vida misma. Reflexiona sobre su carrera y sus peripecias con asombro y gratitud, sin tomarse nunca demasiado en serio. Incluso al describir los horrores de la Segunda Guerra Mundial o la política despiadada de la industria del cine, su voz se mantiene encantadora y cercana. A través de sus ojos, vemos un mundo que a menudo es absurdo y cruel, pero que siempre vale la pena recorrer mientras se tengan buenos amigos y sentido del humor.
El camino de David Niven hacia la madurez fue de todo menos convencional. Tras varios fracasos académicos y ganarse la fama de ser el payaso de la clase, terminó en la recién fundada escuela de Stowe. Allí, bajo la guía del director J.F. Roxburgh, empezó a encontrar su rumbo. Roxburgh fue una de las pocas figuras que vio potencial donde otros solo veían a un estorbo. A pesar de estar a punto de ser expulsado por un intento desesperado de copiar en un examen de Latín, Niven prosperó en Stowe, llegó a ser prefecto y ganó la confianza que tanto le faltaba.
Durante su adolescencia, su educación social tomó un rumbo inusual. En los veranos, entabló una relación con Nessie, una joven prostituta. Lejos de ser el escándalo que uno imaginaría, Nessie le brindó una mezcla única de calidez materna, compañía real y educación sexual. Esta relación, aunque breve, ayudó a suavizar una infancia definida por la indiferencia "gélida" de su padrastro y la disciplina severa de las escuelas para niños difíciles por las que había pasado.
Su siguiente parada fue el Royal Military College de Sandhurst. Allí, la disciplina rigurosa de la Guardia lo moldeó como un soldado competente, aunque poco entusiasta. Por un giro irónico del destino, o quizás por un chiste inoportuno en su solicitud, terminó asignado a la Infantería Ligera de las Tierras Altas (Highland Light Infantry) en lugar de su regimiento preferido. Al poco tiempo partió hacia Malta, iniciando una carrera militar que destacó más por sus absurdos sociales y su "esnobismo de clase media" que por combatir realmente en sus primeros años.
La vida en el servicio británico durante los años 20 consistía en aprender a navegar jerarquías sociales rígidas. En el barco hacia Malta, Niven observó cómo la obsesión por el rango determinaba hasta en qué lado de la nave se encontraba el camarote. Sintiéndose fuera de lugar entre los oficiales de élite, se acercó a una pareja judía que lo introdujo a las artes en Francia, despertando su interés por un mundo más allá de los cuarteles. Para cuando llegó a Malta y vio a la flota británica del Mediterráneo en todo su esplendor, ya sospechaba que la vida militar sería una "frustración agobiante".
La rutina en la infantería era pesada. Los ascensos tardaban una eternidad y el ambiente social era de una formalidad cortante. A los recién llegados, los oficiales superiores solían ignorarlos a propósito como una "prueba de carácter", una práctica que a Niven le parecía ridícula. Encontró un cómplice en Trubshawe, un oficial excéntrico y adinerado que se convirtió en su socio principal de travesuras. Juntos enfrentaron el tedio de la guarnición con pequeñas rebeliones contra su superior, un hombre desagradable al que apodaban "La Comadreja".
La actitud de Niven ante el deber militar solía rozar lo absurdo. En un ejercicio de entrenamiento que consistía en atacar una colina, decidió evitar el terreno difícil subiendo a sus hombres a un autobús civil. Este acto de "guerra poco convencional" le valió una reprimenda severa de sus jefes, pero lo convirtió en un héroe para su tropa. Cuando no estaba desafiando el protocolo, pasaba el tiempo jugando al polo o en teatro aficionado, dos pasatiempos que requerían más dinero del que ganaba un soldado.
La muerte de su madre por cáncer y el peso de las deudas lo obligaron a replantearse el futuro. Un viaje a Nueva York y Florida, financiado por la generosidad de la heredera Barbara Hutton, le abrió los ojos a un mundo de riqueza asombrosa y energía vibrante, en total contraste con la "niebla gris y pegajosa" de sus cuarteles en Dover. Ese contacto con la vida estadounidense durante la Ley Seca lo convenció de que no tenía el dinero privado necesario para una carrera militar larga. Tras una última presentación ceremonial ante el Rey Jorge V, Niven y Trubshawe decidieron que era hora de pasar a la vida civil.
La salida de Niven del ejército fue tan dramática como su ingreso. Tras ser arrestado por insubordinación durante un curso de entrenamiento, escapó por una ventana y huyó del país para evitar un consejo de guerra. Aterrizó en Nueva York en plena Gran Depresión, donde trabajó como vendedor de licores para una empresa de excontrabandistas. Fue una experiencia humillante, tocando puertas de dueños de restaurantes hostiles, pero Niven mantenía el ánimo caminando por el vestíbulo del lujoso hotel Waldorf-Astoria antes de retirarse a su pequeño cuarto en un sótano.
Tras un negocio desastroso de carreras de caballos bajo techo vinculado a mafiosos de Atlantic City, Niven aprovechó una pequeña herencia para viajar a California. Su llegada a Hollywood fue una obra maestra de publicidad accidental; técnicamente "invadió" la industria al llegar a San Pedro a bordo de un acorazado británico, el H.M.S. Norfolk, tras una noche de copas con la tripulación. Esta entrada triunfal llamó la atención de la prensa local, aunque no se tradujo de inmediato en éxito actoral.
Al principio, Niven era un "aficionado sin futuro" que fracasó en varias pruebas de cámara. Trabajó como extra por un sueldo miserable y luchó con problemas migratorios que casi provocan su deportación. Sin embargo, su suerte cambió cuando se hizo amigo del director Edmund Goulding y del poderoso productor Samuel Goldwyn. Goldwyn vio algo especial en una prueba donde Niven se veía relajado contando un chiste, y le ofreció un contrato por siete años. Así comenzó su camino en la época de oro de los grandes estudios.
Pronto, Niven empezó a aprender de los maestros. El director Ernst Lubitsch le enseñó que la comedia es un asunto serio que requiere "tener un circo por dentro", mientras que Charlie Chaplin le dio un consejo invaluable: escuchar a los otros actores en lugar de solo esperar el turno para hablar. Pese a estas lecciones, sus inicios fueron difíciles. Durante el rodaje de Cumbres Borrascosas, su lucha por lograr una escena de llanto bajo el perfeccionismo implacable del director William Wyler fue tan intensa que terminó con un famoso episodio de "mucosidad verde" cayendo de su nariz.
Fuera del estudio, Niven disfrutó de la vida de soltero compartiendo casa con el legendario Errol Flynn. Su hogar, apodado "Cirrosis frente al mar", fue el epicentro de una vida social desenfrenada. Aun así, entre fiestas y fama creciente, Niven mantuvo los pies en la tierra. Su relación con Samuel Goldwyn solía ser tensa, especialmente después de que Niven se fuera sin permiso de viaje por Estados Unidos con otra estrella, pero su persistencia y talento lo convirtieron finalmente en una figura esencial de Hollywood.
Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, Niven sintió el deber inmediato de volver a Inglaterra, a pesar de que la embajada británica le pidió que se quedara en Hollywood. Le costó encontrar un lugar en la fuerza aérea, pero terminó uniéndose a la Brigada de Fusileros. Su experiencia militar lo llevó a los comandos y luego a "Phantom", una fuerza secreta de enlace. En este periodo conoció y se casó con Primmie, una empleada de la fuerza aérea femenina, encontrando felicidad personal en medio del conflicto mundial.
Niven compaginó su servicio militar con papeles en películas que buscaban subir la moral, como The Way Ahead. Su carisma llamó la atención del mismísimo Winston Churchill, quien le dijo bromeando que dejar Hollywood para pelear había sido lo correcto, pero que no haberlo hecho habría sido "despreciable". Al acercarse la invasión de Normandía, Niven fue ascendido a teniente coronel y se le asignó una labor delicada bajo el mando del general estadounidense Ray Barker, trabajando para que la cooperación entre las fuerzas aliadas fuera fluida.
La liberación de Europa trajo una mezcla surrealista de horror y momentos ligeros. Niven fue testigo de combates intensos en Normandía y de la liberación de París, pero también de instantes conmovedores, como un encuentro fortuito con un general alemán desesperado. Tras la guerra, recibió la Legión al Mérito de Estados Unidos, pero su regreso a la vida civil se vio empañado por una batalla legal con el fisco británico y, de forma mucho más devastadora, por la muerte repentina de su esposa, Primmie. Ella murió tras un accidente absurdo en una fiesta, dejando a Niven viudo y con dos hijos pequeños.
Esa fue la etapa más oscura de su vida. Se enfrentó al estancamiento profesional y a una profunda tristeza, aunque con el tiempo logró salir adelante. Se casó con su segunda esposa, Hjordis, una modelo sueca, y empezó a reconstruir su carrera. A pesar de estar en la "lista negra" de Goldwyn tras una pelea, Niven logró dar el salto a la televisión y protagonizó grandes éxitos como La vuelta al mundo en 80 días, demostrando su capacidad de recuperación en una industria que suele olvidar rápido.
La cumbre de su carrera profesional llegó al ganar el premio Óscar a mejor actor por Mesas separadas. Niven describe la temporada de premios no como una celebración, sino como un periodo de presión comercial intensa y campañas publicitarias sucias. Él mismo fue blanco de una campaña de desprestigio lanzada por un publicista rival, lo que lo convenció de que perdería. La noche de la gala, fue el maestro de ceremonias; cuando finalmente anunciaron su nombre, estaba tan impresionado que se tropezó camino al escenario.
Aunque su carrera estaba en lo más alto, su vida personal seguía siendo complicada. Su esposa, Hjordis, pidió una separación temporal para buscar su propia identidad lejos de la sombra de la fama de él. Eventualmente se reconciliaron, pero esa experiencia, sumada al cambio de ambiente en Hollywood, llevó a Niven a tomar una decisión radical. La "magia" del cine había sido reemplazada por chismes agresivos y el deterioro de la ciudad. Tras un incidente violento en su vecindario, la familia decidió dejar Hollywood para siempre y se instaló en Suiza y, más tarde, en el sur de Francia.
En Europa, Niven siguió trabajando, enfrentando nuevos retos. El rodaje de Los cañones de Navarone le provocó una infección que casi le cuesta la vida, y en La pantera rosa sufrió un doloroso caso de congelación. A pesar de estos riesgos físicos y de la llegada de una generación más cínica al cine, Niven mantuvo su optimismo característico. Siguió siendo cercano a amigos como los Kennedy y Noel Coward, descubriendo que su estatus de veterano del cine le permitía navegar los nuevos tiempos con elegancia.
Al mirar atrás, Niven ve su vida como una serie de aventuras que lo llevaron a un lugar de paz. Valora a su familia por encima de cualquier premio y entiende la "hermosa broma" del espectáculo tal como es. Su historia, desde los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial hasta el escenario de los Óscar, es un tapiz vibrante de riesgo, suerte y risas. Concluye sus memorias con una gratitud profunda por haber vivido una vida tan colorida como cualquier película que haya filmado.