A los veintiséis años, Cheryl Strayed sentía que se ahogaba a pesar de estar en tierra firme. Su vida se había convertido en un cúmulo de ruinas: un matrimonio que se desmoronaba, una familia dispersa y un coqueteo imprudente con la heroína. El origen de este espiral descendente fue la repentina y devastadora muerte de su madre, Bobbi, a causa de un cáncer de pulmón. Bobbi solo tenía cuarenta y cinco años, una mujer rebosante de energía que había sobrevivido a un esposo abusivo para criar a sus hijos con una profunda capacidad de asombro. Cuando murió, apenas cuarenta y nueve días después del diagnóstico, el centro del mundo de Cheryl se desvaneció. Desorientada y desesperada por reencontrarse con la mujer que su madre le enseñó a ser, Cheryl tomó una decisión impulsiva: sin experiencia y con nada que perder, decidió recorrer mil setecientos kilómetros del Sendero de la Cresta del Pacífico (PCT, por sus siglas en inglés), desde el desierto de Mojave hasta la frontera con el estado de Washington.
La realidad física de su decisión la golpeó en el momento en que entró en una habitación de motel en Mojave, California. Había pasado meses investigando el equipo necesario, pero carecía de la noción más básica de lo que un cuerpo humano realmente puede cargar. Su mochila estaba tan monstruosamente llena que la bautizó como "Monster". Contenía de todo, desde una cámara profesional y una pesada sierra plegable hasta un grueso libro de flores silvestres. Cuando intentó ponérsela por primera vez, ni siquiera pudo levantarse. Tuvo que arrastrarse por el suelo, empujando con las manos y las rodillas solo para lograr ponerse en pie. Esta enorme mochila era la manifestación física perfecta del dolor y la culpa que arrastraba hacia la naturaleza. Literalmente, su pasado la estaba hundiendo.
Su primer día en el sendero, en el paso de Tehachapi, fue menos una caminata y más una brutal iniciación a un "nuevo tipo de infierno". Bajo un sol implacable, cada paso era una batalla contra la gravedad y su propio agotamiento. Los árboles de Josué le arañaban la piel y vio cómo el viento del desierto se llevaba sus vendajes. Era una aficionada en todo el sentido de la palabra, una realidad que la hacía sentirse ridícula y vulnerable a la vez. Sin embargo, en ese aislamiento, encontró una chispa peculiar de determinación. Decidió ahí mismo que no dejaría que el miedo llevara el mando. El PCT era un mundo de apenas sesenta centímetros de ancho, y mientras se mantuviera dentro de esos límites y siguiera avanzando hacia el Puente de los Dioses, creía que finalmente podría recuperar el control de su vida.
Al terminar aquellos primeros días, el sendero ya había empezado a despojarla de todo. Las ampollas comenzaron a brotar y las pesadas correas de "Monster" le dejaron las caderas en carne viva. Se dio cuenta de que la versión "buscadora" de sí misma estaba a punto de ser puesta a prueba por una realidad a la que no le importaban sus intenciones ni sus traumas. La naturaleza era indiferente a su sufrimiento, lo cual, paradójicamente, era exactamente lo que necesitaba. No tenía a nadie ante quien actuar ni a nadie que la rescatara. Era una "perdida" en el sentido más literal, vagando por un paisaje escarpado con la esperanza de que la lucha física finalmente acallara el ruido de su duelo.
Las dos primeras semanas en el sendero fueron una clase magistral de dolor. A medida que Cheryl se adentraba en el desierto, el calor extremo y las empinadas curvas de los senderos de montaña comenzaron a pasarle una costosa factura a su cuerpo. Sus pies se convirtieron en un mapa de ampollas y las uñas de sus dedos empezaron a ponerse negras y a desprenderse. Para hacer frente a la sobrecogedora agonía física, desarrolló un mecanismo de defensa psicológico único: veía la muerte de su madre como un escudo. Su lógica era sombría pero efectiva: como lo peor que podía pasar ya había ocurrido, se sentía inmune a cualquier otra catástrofe. Esta mentalidad de "no tener nada que perder" la mantenía en movimiento cuando sus piernas querían rendirse, transformando su dolor en un extraño combustible.
Su falta de experiencia fue una compañera constante y peligrosa. En un episodio particularmente frustrante, se dio cuenta de que había comprado el combustible equivocado para su estufa de campamento. Esto significaba que no podía cocinar sus comidas deshidratadas, obligándola a sobrevivir a base de bocadillos fríos y pura fuerza de voluntad. Incluso las tareas más básicas en la naturaleza, como cavar un hoyo para sus desechos, se convirtieron en retos monumentales en el terreno rocoso e implacable. También se enfrentó al lado aterrador de la naturaleza al encontrar huellas frescas de puma, enfrentarse a un toro que cargaba hacia ella y casi pisar una serpiente de cascabel. Estos momentos fueron recordatorios cortantes de que el PCT no era un paseo por el parque; era un espacio salvaje donde su supervivencia dependía enteramente de su concentración.
A pesar de las dificultades, Cheryl encontró un ancla emocional en los libros que cargaba. Llevaba pesados volúmenes de poesía de Adrienne Rich y novelas de William Faulkner. En las noches silenciosas y solitarias, estas palabras le ofrecían el consuelo que los humanos no podían darle. No obstante, el peso físico de los libros terminó por ser excesivo, y comenzó un ritual de quemar las páginas que ya había leído. Era un acto simbólico de "dejar ir", aunque nunca pudo obligarse a quemar su libro de poesía. En su octavo día, al llegar a un punto crítico por el hambre y la incapacidad de cocinar, se desvió del sendero y se encontró con tres mineros. Este breve retorno a la "civilización" -que incluyó una comida caliente y una cama real proporcionada por un hombre llamado Frank y su esposa- le dio la fuerza necesaria para continuar hacia el siguiente gran hito.
Llegar a Kennedy Meadows fue un punto de inflexión. Este era un legendario punto de encuentro para los "thru-hikers", los senderistas dedicados que planean recorrer el sendero completo. Fue allí donde Cheryl conoció a otros caminantes como Greg, Albert y Matt. Aunque ellos tenían mucha más experiencia, no la trataron con desprecio. Al contrario, Albert la acogió bajo su ala y la ayudó a realizar una "depuración de mochila". Él le ayudó a purgar de "Monster" todos los objetos innecesarios que cargaba, incluyendo aquella pesada sierra plegable e incluso su desodorante. A medida que se deshacía del peso físico, su identidad comenzó a transformarse. Adoptó oficialmente el nombre de "Cheryl Strayed" (Perdida), un nombre que había elegido para sí misma durante su divorcio para representar su estatus como alguien que se había apartado del camino, pero que buscaba el modo de regresar.
En el ecosistema social del sendero, Cheryl tuvo que aprender a navegar en un mundo dominado por hombres. Para sobrevivir y encajar, sintió que debía "neutralizar" su feminidad. A lo largo de su vida, había utilizado su apariencia y la atención masculina como una forma de moneda y validación. En el PCT, eso era imposible. Estaba cubierta de tierra, sudor y moretones; era, como ella misma describía, una "mugrienta". Conectó con otros senderistas como Doug y Tom, tratando de ser "uno más del grupo" para evitar las complicaciones de las dinámicas de género. Aun así, a menudo se sentía una "mascota" o un "fraude" porque seguía siendo mucho más inexperta que los demás. Estaba aprendiendo que al sendero no le importaban los roles sociales que ella había desempeñado en casa.
El viaje pronto chocó con un obstáculo mayor: una cantidad de nieve récord en la cordillera de High Sierra. Los pasos de montaña quedaron sepultados, haciendo que los siguientes cientos de kilómetros fueran increíblemente peligrosos incluso para los senderistas más veteranos. La mayoría optó por saltarse esta sección. Cheryl luchó con esta decisión. Una parte de ella quería experimentar la "soledad radical" de los picos nevados, pero un breve y aterrador tutorial sobre el uso del piolet con su amigo Greg la convenció de lo contrario. Se dio cuenta de que ser valiente es diferente a ser suicida. Decidió evitar el tramo más peligroso de Sierra, saltando 725 kilómetros hasta Sierra City para poder continuar su travesía por un terreno más seguro, aunque igual de desafiante, en Oregón.
Durante su tiempo en Sierra City, el desgaste físico de su viaje se volvió imposible de ignorar. En un raro momento de lujo, tomó un baño caliente y observó su cuerpo. Era un mapa de heridas: moretones de un tono púrpura profundo causados por la mochila, una erupción constante en las piernas y unos pies que parecían haber pasado por una guerra. Sin embargo, bajo el daño, vio un nuevo tipo de fuerza. Sus músculos se estaban endureciendo y su resistencia aumentaba. También se dio cuenta de que había perdido todos los condones que había empacado, un momento simbólico porque señalaba el fin de la identidad sexual "desapegada" que había usado para adormecer su dolor tras la muerte de su madre. Dejó de intentar llenar el vacío de su corazón con conexiones físicas temporales.
Este tramo intermedio del sendero también la obligó a enfrentarse a algunos de los recuerdos más oscuros de su pasado. Se sintió acechada por la imagen de su padre abusivo y por la culpa de su propio comportamiento tras la muerte de su madre. Un recuerdo en particular destacaba: el día en que tuvo que sacrificar al caballo de su madre, Lady, porque no podía costear su cuidado. Fue una tarea traumática que sintió haber manejado con "arrogancia" y crueldad. Mientras caminaba, estos recuerdos se repetían en un bucle, pero el ritmo del sendero empezó a darle "claridad". La naturaleza se convirtió en un lugar donde finalmente pudo ser una versión "no profanada" de sí misma, un terreno neutral donde sus errores pasados no definían su futuro.
A medida que Cheryl avanzaba hacia el norte de California y la cordillera de High Cascades, el sufrimiento físico llegó a su punto máximo. Sus botas, que eran un poco pequeñas, se habían convertido en instrumentos de tortura. La presión constante sobre sus dedos causó que varias de sus uñas se desprendieran por completo, sumiéndola en un "infierno en vida" durante los descensos empinados. Llegó a un punto donde su calzado prácticamente había dejado de funcionar, pero usó una forma de "control mental" para seguir caminando. Ya no era solo una "perdida"; se estaba convirtiendo en una guerrera. Su supervivencia dependía de su capacidad para compartimentar el dolor y mantener la vista en el horizonte norte.
En medio de esta decadencia física, se encontró con la "magia del sendero": momentos inesperados de bondad por parte de desconocidos. Conoció a un grupo de senderistas, incluido un hombre llamado Paco, quien le regaló una camiseta de Bob Marley. Paco la llamó una "camisa sagrada" y le dijo que ella caminaba junto a los espíritus de la tierra. Este pequeño acto de generosidad, junto con una copa de vino gratuita de un barman comprensivo, le brindó algo más que apoyo material; le dio un sentido de pertenencia. Se dio cuenta de que no era solo una chica vagando por el bosque, sino parte de una antigua tradición de buscadores que se internaban en la naturaleza para encontrar un "valor curativo" para sus almas heridas.
El paisaje se volvió hostil de nuevo en Hat Creek Rim, un tramo desolado donde el agua era inexistente. Engañada por la información de una guía sobre un tanque de agua que resultó estar completamente seco, Cheryl enfrentó la amenaza muy real de la deshidratación bajo un calor sofocante. Cuando finalmente encontró un depósito de agua turbia y lodosa, no dudó en beber el lodo, tratándolo con tabletas de yodo y rezando para que todo saliera bien. Esa noche, despertó para encontrar cientos de pequeñas ranas saltando sobre su saco de dormir. Fue una experiencia surrealista, mágica y desagradable a la vez, que resaltó la imprevisibilidad de lo salvaje. El sendero le recordaba constantemente que ella no tenía el control, y que su única tarea era adaptarse.
Entonces llegó el momento que se convertiría en uno de los más famosos de su viaje. Mientras descansaba al borde de una montaña, una de sus botas cayó por el precipicio, perdiéndose en el abismo. En un arrebato de lógica frustrada, se dio cuenta de que una bota no le serviría de nada sin la otra, así que lanzó la segunda bota por el borde para que se uniera a su par. Durante el siguiente tramo de su viaje, tuvo que caminar con unas sandalias de camping endebles reforzadas con capas de cinta adhesiva. Estas "botas de cinta" fueron un testimonio de su negativa absoluta a rendirse. Para cuando llegó a Castle Crags, estaba físicamente destrozada, pero espiritualmente más fuerte de lo que jamás había sido. Estaba esperando un par de botas de reemplazo de REI, pero ya había demostrado que podía caminar a través del infierno en sandalias si era necesario.
Llegar a la frontera entre California y Oregón fue una victoria psicológica masiva. Se sintió como el tramo final, aunque aún quedaban cientos de kilómetros. Tras recoger sus nuevas botas (de una talla mayor) y las cartas de amigos y familiares en Castle Crags, Cheryl sintió una oleada temporal de esperanza. Sin embargo, el sendero aún tenía más lecciones para ella. Sufrió pesadillas recurrentes sobre ser secuestrada por Bigfoot, una manifestación de sus sentimientos persistentes de vulnerabilidad como mujer sola en el bosque. Este miedo se equilibraba con la continua "magia del sendero", como un joven llamado Kyle que le dedicó una canción, y la alegría simple y profunda de encontrar un durazno fresco dejado sobre una mesa al borde del camino. Estos momentos le recordaban que, aunque estaba sola, no estaba totalmente separada del mundo.
Una breve escala en la ciudad de Ashland, Oregón, sirvió como un importante ancla emocional. Cheryl estaba sin dinero, sucia y sufriendo un choque cultural tras semanas en la naturaleza. La ciudad estaba de luto por la muerte de Jerry Garcia, una atmósfera que le resultaba, a la vez, extraña y familiar. Mientras esperaba una caja de suministros que faltaba, tuvo una cita con un hombre llamado Jonathan. Este encuentro fue un espejo de su transformación. Mientras él la tocaba, ella sintió los callos, duros como "corteza de árbol", en sus caderas, donde descansaban las correas de su mochila. Se dio cuenta de que su cuerpo ya no era el mismo que había usado para autodestruirse tras la muerte de su madre. Había dejado atrás sus viejos patrones de buscar validación a través de los hombres; finalmente estaba en paz en su propia piel.
Quizás el ajuste de cuentas emocional más significativo ocurrió en lo que habría sido el quincuagésimo cumpleaños de su madre. Mientras Cheryl caminaba, pasó por un ciclo de rabia intensa hacia ella. Enumeró cada fallo: cómo Bobbi no tenía un seguro de vida, cómo no planeó el futuro y cómo dejó a sus hijos tan pronto. Pero a medida que el día avanzaba, su enojo se disolvió en una comprensión más profunda. Se dio cuenta de que el amor "omnipresente" de su madre era un regalo mayor que cualquier planificación financiera. Bobbi le había dado a Cheryl las herramientas para sobrevivir a este sendero, incluso aunque no estuviera allí para verlo. Esta revelación trajo consigo un sentido de perdón que había eludido a Cheryl durante años.
Esta paz interna alcanzó su punto máximo en Crater Lake. Cheryl se detuvo en el borde de la enorme caldera azul, una "montaña a la inversa". El lago fue formado por un volcán que colapsó sobre sí mismo y que luego se llenó lentamente con agua de lluvia a lo largo de miles de años. Era una metáfora perfecta para la vida de Cheryl. Ella había "colapsado" tras la muerte de su madre, hundiéndose bajo el peso de su dolor. Pero ahora, a través de la larga caminata y la acumulación constante de kilómetros y lecciones, se estaba llenando de nuevo lentamente. Reflexionó sobre su decisión de terminar un embarazo años atrás y su camino hasta este momento, comprendiendo que finalmente estaba en el "asiento del conductor" de su propia vida.
Al entrar en la etapa final de su travesía, Cheryl descubrió que ya no era la misma persona que había luchado por ponerse en pie en aquel motel de Mojave. Era fuerte, capaz y lograba jornadas de muchos kilómetros que antes parecían imposibles. Cuando conoció a un grupo de senderistas universitarios conocidos como los "Tres Jóvenes Bucks", fue capaz de seguirles el ritmo, compartiendo historias y celebrando su progreso colectivo. Su daño físico (la pérdida de las uñas de los pies y las cicatrices en las caderas) se habían convertido en insignias de honor en lugar de fuentes de desesperación. Incluso su hambre constante, impulsada por la intensa quema de calorías en el sendero, se sentía como un tipo de necesidad limpia y honesta.
Sin embargo, el sendero aún guardaba peligros. Ser una mujer sola en la naturaleza significaba que debía ser hiperconsciente de su entorno. Esto se vio subrayado cuando se encontró con dos cazadores con arco en el bosque. Uno de los hombres hizo comentarios agresivos y cargados de connotaciones sexuales que dejaron a Cheryl sintiéndose aterrorizada y expuesta. En ese momento, la "guerrera" en la que se había convertido tuvo que confiar en sus instintos. No se quedó a discutir ni a demostrar su dureza; huyó del área al atardecer, caminando hasta bien entrada la noche hasta que alcanzó la seguridad de una cabaña en Olallie Lake. Esta experiencia fue un recordatorio de que, aunque el sendero la había sanado, no había hecho del mundo un lugar perfectamente seguro. Tenía que cargar con su propia protección.
El estrés financiero también la persiguió hasta el final. Tras perder un billete de veinte dólares con el que contaba para provisiones, se encontró con solo seis dólares para cubrir los últimos ciento sesenta kilómetros. En lugar de entrar en pánico, recurrió a lo que aprendió en su crianza. Habiendo crecido en la pobreza, sabía cómo sobrevivir con nada. Estos antecedentes, de los que alguna vez se avergonzó, resultaron ser uno de sus mayores activos en el PCT. Le dieron la "intrepidez" necesaria para seguir adelante cuando las cosas escasearon. No le asustaba pasar hambre porque ya lo había hecho antes. El sendero le enseñaba a valorar las partes de sí misma que antes había intentado ocultar.
El viaje llegó finalmente a su fin en el Puente de los Dioses, una estructura de acero que cruza el río Columbia entre Oregón y Washington. Mientras caminaba por el puente, el peso de los últimos noventa y cuatro días y mil setecientos setenta kilómetros se asentó en una profunda sensación de claridad. Se dio cuenta de que, aunque el sendero no le había devuelto a su madre, le había dado una forma de vivir con la pérdida. Ya no se sentía "borrada" por su pasado. Al tocar el acero frío del puente, entendió que su vida finalmente le pertenecía de nuevo. La naturaleza la había hecho añicos, pero en la reconstrucción, había encontrado a una mujer resiliente, sagrada y completa. Bajó del puente y caminó hacia su futuro, sabiendo que, al fin, estaba en casa.